
Como todo el mundo, me he tragado más películas de la saga Bond de las que me gusta reconocer. Entre tardes de resaca en que uno ve cualquier cosa, la variada programación de los autobuses y, algunas veces -pocas- la propia voluntad (suele ser el caso de que la chica Bond te suliveye especialmente, verbigracia Eva Green) me habré visto unos diez truños del espía con licencia para matar, de los cuales solo salvaría el primero, James Bond Contra el Dr. No, y eso porque Sean Connery interpreta a un Bond con un toque machista que le cuadra muy bien al personaje. Pero esta entrega tampoco se libra del lastre que vuelve esta saga insoportable: el aburrimiento. Metrajes demasiado largos para un personaje con poco interés, tramas con hallazgos muy esporádicos y mujeres explosivas pero dejadas en segundo plano. Por si fuera poco, un relamido Bond haciendo el gilipollas con el Martini. Si le das un solisombra lo pones en órbita. 007 es un tipo que viaja, vive peligrosamente, tiene a su disposición todas las comodidades, en el curro le facilitan todo tipo de tecnología a la última y, cómo no, folla -pero sólo con quien quiere. Y encima salva al mundo del desastre. Si por el camino le sucede alguna tragedia, como perder a su novia, ya ven, pues ya vendrá otra supermodelo a reemplazarla. It’s free!
Decía Homer de Bart: “es un niño al que da gusto odiar”. Con Bond pasa lo mismo. Así que para destruir esa estomagante imagen de portada de revista nada mejor que ponerse a ver una serie con una tronchante mala uva: Archer. Esta producción animada va despiezando uno a uno todos los tics, tan reconocibles, del impoluto espía. Empezando, por supuesto, por la bebida. Archer es un alcohólico baboso y faltón de esos que protagonizan vídeos en YouTube, llaman a sus exnovias a las tantas cuando ya le han disparado sin éxito a todo lo que se mueve en los bares y, si no hay suerte, acaban negociando con una puta. Es bocazas, grosero, egoísta y arrastra una enfermiza relación de dependencia con su madre. Quien, por cierto, es uno de los personajes memorables de la serie. La ninfómana (o casi) Mallory Archer (a quien da voz la inigualable Jessica Walter) dirige la agencia de espías ISIS e intenta controlar la vida de su disipado hijito, quien se parece un poco demasiado a ella.
“Archer es un alcohólico baboso y faltón de esos que protagonizan vídeos en YouTube, llaman a sus exnovias a las tantas cuando ya le han disparado sin éxito a todo lo que se mueve en los bares y, si no hay suerte, acaban negociando con una puta”Los compañeros de trabajo de Archer tampoco son los invitados a las fiestas con Ferrero Rocher de Isabel Preisler que aparecen en las pelis de Bond. Son gañanes, viciosos, inseguros y, en general, algo zoquetes. Pura sofisticación. Tenemos a la explosiva Lana, exnovia de Archer y todavía algo colgada por él. El contable Cyril, débil de carácter y “adicto al sexo” (esa enfermedad), es el novio actual de Lana. El Dr Krieger (pura genialidad cada vez que aparece) está en el departamento de I+D probando estrafalarios inventos. Cheryl es la secretaria de Mallory y está a un paso, o a un tropezón, de la oligofrenia. Y, last but not least, la inconmensurable Pam, encargada de Recursos Humanos y uno de los personajes que más juego da. Todos ellos componen un cóctel tan inestable como divertido. El humor escatológicos, los chistes machacones de un capítulo a otro, la grosería (“shut up!” debe de ser la frase más pronunciada en la serie) y, en fin, los comentarios más incorrectos son la firma indudable de esta comedia animada.Ya van tres temporadas, y muy pronto se estrenará la cuarta -el próximo 17 de enero-, de Archer, o “Todo lo que quiso saber sobre Bond y nunca se atrevió a preguntar”. Cuando las jamonas se despiertan en la cama de Bond a la mañana siguiente se encuentran con un tipo resacoso y malhablado que las echa de la cama a patadas y ni siquiera les agradece todas las bajezas degradantes que hicieron para satisfacer a 007. Se encuentran con Archer.















